miércoles, 4 de febrero de 2026

El poeta que sabía apreciar los pequeños detalles


Luis Jiménez Martos
(Córdoba, 1926 - Madrid, 2003)
Jurista, poeta, narrador y crítico literario

MONÓLOGO DEL NADADOR

Le he abierto el pecho al mar para hundirme en su sombra
y de golpe descienden conmigo luz y tierra.
Las instantáneas nupcias tienen rumor de peces.
Soy otro del que era cuando dejé la orilla.
Me pesaba la carne, la arena y el ruido
del roce del verano desnudo entre la gente;
me vencía el impulso de no querer salir
de la propia espesura de mi cuerpo asolándose,
y ahora floto en el júbilo del agua, se bautiza
nuevamente mi ser, la sal viene a mi boca
con un nombre que hiela e intenso me recorre
como una ondulación feliz, como un disparo
de espuma que trae vida al herirme los pulsos.

Qué lejos queda todo cuando alzo la cabeza.
En un instante cruje redonda la mañana.
Por entre el gotear de los ojos me asombra
ese otro continente seco del playerío.
Se mueven las aletas múltiples de la sangre,
despiertan del origen en que fuimos creados
y el silencio marino hasta el fondo me abraza
mientras el corazón es un pez que se agita.

Combaten ya mis brazos el azul y lo quiebran.
Sólo me he de salvar de un dichoso naufragio
(oh, ritmo en que se olvidan raíces terrenales);
sólo me he de salvar: alma a contracorriente,
mecido en esa cuna que me lleva hacia adentro.

Soy otro del que era cuando dejé la orilla.
Y me subo en las altas terrazas de las olas.
Y el mimbre de los músculos dulcemente se queja.
Y juego con el sol, naipe enorme a la vista.
Y el tiempo es invisible delfín en mi costado.

Yo soy un nadador en libertad mojada
que besa con gozo el respiro del mar.

CONFUSIÓN Y VERDAD

El ojo a veces se me vuelve mano;
la tierra a veces se me vuelve agua;
entre lo que oigo y lo que veo transitan
otras cosas que no son de ver y oír;
la duda a veces se me vuelve risa
(la risa como cántaro del miedo);
puede que diga verde y sea amarillo,
pero ante el amor no me confundo nunca
ni ante los puntos cardinales: Sur.


Luis Jiménez Martos
Cofundó las revistas literarias "Veleta" y "Arkángel", colaboró en "Cuadernos Hispanoamericanos", "Piel de España" y "Ágora", trabajó como corrector tipográfico de la editorial Aguilar, fue jurado del premio Adonais durante cuarenta años, dirigió el Aula de Poesía del Ateneo de Madrid seis años y recibió el Premio Nacional de Literatura en 1969

LA LUZ

Es la luz.
Yo no puedo decir que aumente más,
como aseguran que pidió Wolfgang Goethe,
porque es imposible
y soy un hilillo dentro de la gran lámpara
(la luz, la luz)
y quemo,
y apenas sí mi piel es un escudo
contra tanta invasión que no hace ruido.

Me he abandonado a la larga claridad
y no me importaría seguir así
poniendo mi cabeza en una almohada
transparente, hecha de tiempo acaso,
pero con la intención de no dormirme nunca
sobre esta tierra
que le sirve de cama, de pupila y de fosa.

No disolverme
jamás, ¿oyen?, jamás,
sino tener el tacto, los ojos y la boca
suspensos ante cuanto me rodea.

La luz.

Como si encima
y debajo de su piel
estuviese lo único de verdad existente,
porque no necesita de nosotros,
mas permite que seamos espectadores suyos.

Me duele la mirada
de ir tan lejos y volver,
de darme cuenta cómo aquí es igual que allí,
de sonreírme de la Historia,
pues esta luz lo mismo fue que es hoy.

Ocupo el mismo sitio que ocuparon
Rino, Alaúfo, Abdelasís, don Mina,
Francisco Piedraalta, Pepillo el de la Paula,
un tal González, Pedro…

La luz.

Engaña hasta a la muerte.

EN LA MUERTE DE MI PADRE

Esta luz no es la tuya ni es tampoco la mía,
pues la borran despacio mis lágrimas ardientes.
Resististe a la noche. Algo estaba impidiendo
que la sombra llegase a la señal del alba
y un estertor aún mantenía lo que eras,
Luis, padre mío, luchando a nivel de la tierra.

En tu latir sonaban los bruscos almazares
y por la madrugada voló un pájaro ronco.
Las cosas despertaron para decirte que
no cerraras la vida, que no la cerraras.

Pero tus largas manos iban acostumbrándose
a morir. Por el pecho una invasión sin gritos,
por las sienes un frío que modelaba aprisa
esa otra imagen tuya tan pálida de adioses.

El dolor y la espera del dolor anudados
en la misma garganta. El tiempo, ¡qué pasillo
con la puerta entreabierta! Los ojos, encendiendo
desesperadamente tu pavesa de hombre.

Yo había huido hasta ahora de mirar la ceniza
que bajo tu rostro hay, y aun de desconsolarme
con la condena cierta de morir un día u otro.
Yo inventaba milagros, espantaba suspiros.

Entonces, tembloroso, de pie junto a tu orilla,
quise ser tú un instante para saberte pleno
en los latidos últimos. Recorrí muchos años
a galope. Y por dentro me sonaba la lluvia.

(Poemas escritos por Luis Jiménez Martos)


Puente romano de Córdoba, la ciudad natal del escritor