miércoles, 18 de febrero de 2009

Un libro primerizo


Cuando uno hace las cosas por primera vez, es natural que se equivoque. Y con mi primer libro me equivoqué. Estaba ya listo para imprimirse. Todo parecía ir sobre ruedas. De pronto, me entró vergüenza, sentí un pudor inalienable. ¿Por qué? Pues porque eran poemas de juventud compuestos entre los 18 y los 30 años. A última hora sentí que publicarlo era como desnudarme intelectual y emocionalmente. ¿Qué hice entonces? Le pedí al impresor un tamaño de letra diminuto y una grafía estilizada: la gótica. El resultado me pareció artístico en principio, incluso disfruté pensando que de ese modo el texto sería leído solamente por alguien interesado de veras. Algunos años después comprendí que al lector hay que darle todo tipo de facilidades. Fue un error. Un inmenso error, pero ya no importa. Ahora se trata de una rareza bibliográfica, un libro casi inencontrable. No creo que nadie lo haya leído más allá de la dedicatoria, y tampoco pasa nada. Simplemente se trata de un conjunto de versos que forman lo que en el argot de los literatos se denomina una juvenalia.
La lección que extraje del esfuerzo que me costó escribirlo es muy clara: lo que uno vierte sobre el papel da la impresión de ser mucho más y mejor de lo que luego subsiste cuando después de un cierto tiempo uno vuelve a leerlo. Y otra: siendo joven los iba puliendo y guardando con el pensamiento de que eran muy buenos, sobre todo por las influencias que abrazaban: Quevedo, Lope de Vega, Antonio Machado y Miguel Hernández, sobre todo. Pues bien, la mayoría de los poemas escritos ni siquiera merecieron publicarse y los deseché. Tanta bondad literaria resultó ser vana. Y los que finalmente merecieron ver la luz pública tampoco eran para tanto como el jovenzuelo que fui pensaba. Andando los años me parece que éste libro es un inicio como el de muchos escritores que empezaron como poetas: Camilo José Cela, Francisco Umbral y José Saramago, por nombrar a tres entre tantos.
Mirando atrás sin rabia, la verdad es que no me arrepiento, porque significó sentirme escritor y hay demasiada gente que presume de escribir bien pero no tiene ni un mísero libro que respalde esa afirmación que no deja de ser una flatulencia incontrastable. Y hay que mojarse, porque es muy fácil criticar y reírse o encasillar a los demás para menospreciarlos. El problema de la gentucilla que actúa así es que un escritor verdadero sigue haciendo más obras, y juzgarme por este libro de novato en las lides de los letraheridos es como enjuiciar a Cela por haber debutado con un poemario de título gongorino, o por decirlo más claro, robado a Góngora: "Pisando la dudosa luz del día". Al fin y al cabo, lo que pergeñé no fue más que una colección pequeña de sonetos. Y eso sí, a todo futuro escritor o aspirante a serlo no le vendría mal ejercitarse versificando antes de navegar por los procelosos mares de la narrativa o el ensayo.
Bueno, aquí abajo se puede ver una muestra de lo que hice. Se encuentra en la página 37. Quizá sea el poema mejor logrado de cuantos aparecen en el susodicho libro. Ahora que se cumple el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y que tantos fariseos pretenden desacreditarlo, tal vez parezca confeccionado a propósito. Pero no, lo escribí hace más de veinte años:

El mundo, absurdamente, no es el centro del universo
y el hombre, por desgracia, no es el objeto de la creación.
Alrededor de la Tierra no gira su órbita el sol
ni el homo erectus, qué lástima, tiene alma sino cerebro.

No existe una sola iglesia, como tampoco un solo credo,
según todo pueblo cada uno es elegido por su Dios.
No hay quien se procree a sí mismo, ni tan sólo revelación,
todo es el fruto humano del interés, la ignorancia y el miedo.

Las lenguas no se dividieron en la torre de Babel,
el diluvio universal rehace la leyenda de Gilgamesh
y el poder real de cada Dios equivale al de su grey.

De haber Dios no habría esfuerzo en demostrarlo: se mostraría.
Los rapaces sicarios beatos especulan en nombre de nadie:
el hombre es pasajero y sus civilizaciones efímeras.

(Del libro Atónita Farsalia, Las Palmas de Gran Canaria, Imprenta Pérez Galdós, 1991, 121 págs. )

Francisco de Quevedo y Villegas (Madrid, 1580 - Ciudad Real, 1645)

martes, 17 de febrero de 2009

Doce autores en busca de entrevistador



Según el prologuista Robert Towne, el autor de este libro "ha robado un pedazo del alma de cada uno de estos doce extraordinarios escritores y lo ha puesto sobre el papel". En efecto, Lawrence Grobel ha sabido capturar "anécdotas sin precio, comentarios irreflexivos e ideas que muy probablemente no encontraríamos en sus obras ni en su boca". Además, tiene una opinión muy interesante acerca de los tiempos que vivimos respecto a la literatura: "Nos hemos rebajado por el hecho de que (los escritores) no sean reconocidos del mismo modo que las estrellas del rock, las estrellas de cine o los deportistas profesionales". El mismo Saul Bellow se lamenta: "El país ha cambiado tanto que lo que yo hago no significa nada, a diferencia de cuando era joven. Había algo parecido a la vida literaria en este país, y había gente que vivía como un escritor. Todo eso cambió en el transcurso de mi vida".
Para Larry Grobel, lo que tienen en común los doce escritores que entrevista es que dominan lo que hacen y son entretenidos. El prefacio acaba con una cita preciosa del autor de Trampa 22, Joseph Heller: "Me he acabado la juventud. No voy a vivir para siempre, ya sabes, aunque voy a morir intentándolo".

Saul Bellow (Quebec, 1915 - Massachusetts, 2007)

De todos los entrevistados el más interesante resulta ser Saul Bellow. Como lo clasifican por judío, alega que "la gente que se dedica a poner etiquetas debería trabajar en el negocio de los chicles". Al cine lo critica porque las películas no pueden mostrar la vida interior de los personajes, sólo sus acciones exteriores. Al estado de California lo considera "una extremidad artificial que el resto del país no necesita". Y refiriéndose a los críticos literarios recurre a un apropiado refrán yiddish: "Un idiota tira una piedra a un estanque, diez sabios van al estanque a buscarla y no la encuentran". El idiota es el crítico, que hace lo más fácil. Bellow arremete contra la penuria de la enseñanza de la literatura. Es valiente. Dice que "la vida familiar de hoy no crea más lectores. En parte por la tele, en parte por la educación, en parte por los libros preparados para los escolares que pretenden ser narraciones y están tan mal construidas y son tan aburridas y sensibleras, que los niños no les prestan la menor atención. La experiencia de la literatura está ausente de las vidas de la generación de los lectores más jóvenes, y eso es algo malo. No creo que los clásicos se sigan leyendo". Bellow critica también la revolución sexual que trajeron los anticonceptivos en los años sesenta: "El amor se ha convertido en un fenómeno de consumo porque juzgamos a la gente del mismo modo en que juzgamos a las mercancías: puede irnos mejor o podemos obtener otro".

Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920)

Ray Bradbury, en cambio, se dedica a mostrar su optimismo narcisista y su miedo a volar. J. P. Donleavy hace una observación curiosa: "Para un americano no es raro ir a la nevera de otra persona, abrirla y coger algo. Pero eso sería imperdonable en Europa". James Ellroy se pone a presumir de no leer mucho y escribir a base de ser muy listo y haber sido un delincuente, borracho y drogadicto durante la juventud. Afirma odiar la música rock porque "es rebeldía institucionalizada". Allen Ginsberg viene a ser más interesante. El poeta de la "generación beat" denuncia que "el bombo publicitario es el único fin de la televisión y de casi todos los medios". Habla de sus relaciones con Jack Kerouac y William Burroughs, tanto sexuales como literarias. Incluso comenta que una vez quiso escribir un largo poema que contuviera a todo el mundo con el que se acostó, pero abandonó el proyecto porque era tanta gente que se le olvidó. Tiene la lucidez de sostener que "el mundo de la pintura es un mundo de estafadores, como el mundo de las galerías o el mundo de los bestsellers, y la distribución de revistas y discos de éxito está controlada por la mafia". Es partidario de que las drogas se "pongan en manos de médicos en lugar de policías corruptos y el crimen organizado". Y la mejor de todas sus respuestas es ésta: "Hoy se ha llegado a tal punto de degradación humana que la gente admira la agresión por encima de la inteligencia y la sensibilidad".

Allen Ginsberg (New Jersey, 1926 - Nueva York, 1997)

Andrew Greely no se queda atrás cuando denuncia a la jerarquía eclesiástica de la siguiente forma: "el bien de la iglesia no está bien servido cuando psicópatas, sociópatas, personalidades antisociales, pederastas, ladrones, alcohólicos e incompetentes son rutinariamente puestos al frente de las diócesis americanas". Y añade: "Sin duda ha habido sacerdotes homosexuales, obispos homosexuales, papas homosexuales y santos homosexuales, pero no es deseable que todo el sacerdocio sea homosexual, porque eso lo distinguiría de una manera extraordinaria del resto de la humanidad". En cuanto a su fe, recurre a un pensamiento de Woody Allen: "No es que no crea en Dios, pero creo que Dios no se esfuerza lo suficiente".

James Ellroy ( Los Ángeles, 1948)

Elmore Leonard (Nueva Orleans, 1925)


Alex Haley cree que "a la mayoría de la gente le gustaría que la entendieran mejor, porque todos sentimos que no nos entienden". Como escritor negro considera que lo peor de la esclavitud que sufrieron sus antepasados fue la capacidad de ser crueles que tuvieron los blancos. Joseph Heller escribe siguiendo el principio de hacer el libro que le gustaría leer si lo hubiera escrito otro. Elmore Leonard afirma que la principal razón del crimen es la avaricia. Le gusta escribir sobre personajes malvados porqe son idiotas y por eso el lector se divierte, porque nunca sabe qué van a hacer o por dónde van a salir. Dice estar sorprendido de la baja estatura de todas las estrellas que ha conocido, por ejemplo John Irving. Sabe que los estafadores son simplemente vagos que han elegido el camino fácil porque el honesto es más duro. Ni siquiera "quieren tener que aprender a hacer algo".


Norman Mailer (New Jersey, 1923 - Nueva York, 2007)

Norman Mailer tiene la decencia de nombrar a los dos escritores contemporáneos más importantes: Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Después se saca de la manga un dogma que funciona, una especie de tópico infalible: "Cuanto peor es la arquitectura, más nuevo es el edificio". Es un escritor muy ambicioso y un hombre muy leído que nos recuerda un refrán hindú: "Nunca debe preocuparse uno por algo en lo que no se puede influir". Piensa que toda gran novela crea una nueva conciencia ella misma, pero también todo gran libro contiene pasajes de aburrimiento que debemos soportar en uno u otro momento. Joyce Carol Oates demuestra la envidia que le tienen por lo mucho que publica y se defiende argumentando que quienes padecen celos por su éxito ignoran todo lo que trabaja. Es una escritora compulsiva que aprovecha para escribir cualquier situación o circunstancia, incluso las horas de insomnio. Le fascina la violencia y la crueldad con que la gente de clase baja se brutaliza. Cree que los grandes genios son muy peculiares y distintos, de hecho, "nadie le echa en cara a Chopin que nunca escribiera una ópera". En su juventud formó parte de un mundo en el que todos los débiles eran agredidos, por lo que deduce: "Ésta parece ser la condicion humana: que se metan contigo, ser una víctima". Estoy de acuerdo con ella en que "la televisión es para personas interesadas en lo más superficial de la vida", o en la alusión que hace a Henry James: "Lo que es dicha para una persona, es veneno o maldad o dolor para otra". El guionista y autor teatral de éxito Neil Simon cuenta una paradoja muy humana: "La gente trata a la gente triunfadora como a la realeza y al mismo tiempo quiere dispararle". Lo más divertido que cuenta es una cita de George Bernard Shaw referida a un crítico literario: "Estoy sentado en el lavabo leyendo su crítica de mi obra y pronto voy a dejarla atrás". Muy elegante e ingenioso. Como para ponerle punto y final a esta reseña que se me ha extendido mucho.

Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938)

lunes, 16 de febrero de 2009

Un libro sobre libros

Nada más empezar a leer este opúsculo vemos que en los siglos XVII y XVIII las tiradas normales eran de 1.200 a 1.500 ejemplares. Ya en el siglo XIX se produce la eclosión del libro con la mecanización industrial, pues hacia 1810 el alemán König inventa la prensa mecánica, alcanzándose tiradas de centenares de miles de volúmenes. Durante la Revolución Francesa se vio en la lectura un medio de liberación. Hasta ese momento pesaba sobre los libros la maldición del elitismo, el ver a los libros como un privilegio de una minoría culta, y así continuó siéndolo hasta que los índices de alfabetización aumentaron en el siglo XX.
El libro es un agente de fermentación intelectual. La gran ventaja que aporta consiste en su carácter de permanencia frente a la fugacidad de las impresiones audiovisuales. Hoy el número de títulos que se editan supera en proporción a la cantidad de lectores a los que van destinados, no porque éstos sean insuficientes, sino porque la mayoría de quienes saben leer no lo hacen. El 47% de los franceses no abre jamás un libro, y estamos hablando del corazón literario de Europa, no mencionemos siquiera a España, donde Mariano José de Larra llegó a escribir que publicar era llorar y un poderoso agente literario norteamericano ha declarado hace bien poco que en nuestro país no hay mercado para más de cuatro autores consagrados. Para colmo, mucha gente tiene la impresión de haber leído una obra por existir una versión cinematográfica o haberla visto reseñada en el suplemento cultural de un periódico.
El libro como tal comenzó a prefigurarse en las tablas de arcilla de los sumerios (escritura cuneiforme del cuarto milenio antes de nuestra era) y en láminas de papiro egipcio más tarde (desde el año 3.100 a. C.). La utilización del cuero de los animales (en el año 1.500 a. C.) supuso un gran logro que lleva el nombre de una de sus principales ciudades productoras: Pérgamo (de ahí el término "pergamino"). Se usaba con preferencia la piel del ganado vacuno y sobre ella se podía escribir con pluma de aves empleando tinta de origen vegetal. Los chinos inventaron el papel en el siglo I a. C., pero vino a difundirse por el resto del mundo en la Edad Media (siglos X al XV). La palabra "papel" deriva de "papiro" (cuyo significado es 'flor de rey') y tiene vínculos con los productos textiles porque se fabricaban con una materia prima semejante (la celulosa de los árboles y los trapos).

Biblioteca de Alejandría

La biblioteca más famosa de la Antigüedad estaba en Alejandría (bautizada así por haberla fundado Alejandro Magno) y fue ordenada construir por Ptolomeo I en el Palacio de las Musas o Museion. Llegó a contener 700.000 rollos de papiro y a su lado había otra más pequeña, el Serapeion (por estar consagrada a Serapis, dios de la curación), que albergó 45.000. Ambas sufrieron un incendio parcial cuando Julio César llegó hasta Egipto persiguiendo a Pompeyo en el año 47 a. C. En realidad, las llamas que acabaron devorándolas no fueron éstas, sino las que prendieron los cristianos en el año 39 d. C. por considerar que estaban atestadas de libros paganos e impíos.
La palabra "biblioteca" procede del vocablo griego "bibliotheke" que se daba a los receptáculos de madera donde se almacenaban los rollos de papiro. Los romanos utilizaron las lecturas públicas para promocionar el lanzamiento de una nueva obra, costumbre que prosigue hasta nuestros días. El gran Octavio Augusto creó enormes bibliotecas en Roma para dar lustre a su imperio, concretamente la Palatina y la Octaviana. Trajano no quiso irle a la zaga y fundó la Biblioteca Ulpia (llamada así por el apellido de su familia). En el siglo IV d. C. había al menos 30 bibliotecas públicas en la capital del mundo latino.

Biblioteca Vaticana

Las tres grandes religiones monogámicas imperantes en el mundo actual se basan en libros: la Biblia, el Corán y el Talmud. En Cesárea (ciudad situada entre lo que son hoy Tel Aviv y Haifa) existió la gran biblioteca de Orígenes, uno de los padres de la iglesia católica. En la isla de Patmos hubo otra famosa en el monte Athos. Y en Bagdad fue celebrada la que reunió Harun al-Rasid. Ciudades como Córdoba y El Cairo siguieron sus pasos y conocieron días de esplendor bibliotecario.
Paradójicamente, la iglesia cristiana que convirtió en cenizas los saberes preservados en Alejandría fue la responsable de la conservación del conocimiento en los tenebrosos años medievales. Casi toda la cultura del periodo feudal pasó por las manos de los monjes y los monasterios se convirtieron en los verdaderos focos de irradiación cultural. En 1438 Johannes Gutenberg inventó la imprenta, que vino a ser un hallazgo de repercusión similar a la invención del ordenador personal, en cuyos orígenes se halla el matemático Alan Mathison Turing y sus estudios sobre cibernética desde 1945 hasta 1952. Si la invención de la escritura supuso el fin de la dependencia de la transmisión oral, la imprenta significó el remate definitivo. Del monólogo de la lección magistral del maestro con su discípulo se pasó al diálogo del lector confrontando varias voces a través de diversos libros. Además, permitió frenar el desgaste erosivo de los idiomas al fijar las palabras en una forma impresa reiterable a sí misma. Los primeros recibieron el nombre de incunables por estar confeccionados en el siglo XV, época que fue la cuna de la imprenta. Se crearon diversos tipo de letra y se introdujeron los grabados ilustrativos que podían reprografiarse en serie (el fotograbado no aparecerá hasta 1814 gracias a Joseph Nicéphore Niepce).

Biblioteca de la Universidad de Coimbra


Lo curioso de los libros es que su materia prima formal es el papel, pero la nuclear es el cerebro, la inteligencia y la memoria de quien lo escribe. El autor es "el que hace" (de acto, hecho, participio de "hacer") y el editor "el que engendra" (de "edere", que significa 'engendrar'). La SGAE (Sociedad General de Autores Españoles) vela por los derechos de los artistas en nuestra nación, y en el caso de la literatura se considera que un escritor lo es cuando ha publicado tres libros en editoriales comerciales o ha publicado al menos 100 artículos de colaboración en la prensa periódica.


Faro de Alejandría

Otra revolución divulgativa que vivió el libro vino de la mano del pequeño formato conocido como "bolsillo". Fue idea de un inglés, Sir Allen Lane, quien lanzó la colección "Penguin books" en rústica, es decir, con papel barato y áspero, en 1935. Precisamente, la gran dificultad para la expansión de los libros estriba en los altos costes promocionales, pues la publicidad se circunscribe a cada título por separado, no puede hacerse para todos en conjunto. Cada libro es un mundo aparte.

Biblioteca del monasterio de Admont (Austria)

Personalmente, las bibliotecas más hermosas que he visto son las del Vaticano, la de la Universidad de Coimbra y la biblioteca rococó de Admont, situada a 250 kms. de Viena en una abadía benedictina. La diseñó el arquitecto Joseph Hueber y tiene 13 metros de alto, 70 de longitud y 14 de anchura. Sus estanterías son blancas y luce en el techo siete cúpulas con frescos pintados por Bartolomeo Altomonte y cuatro estatuas de pared realizadas por Joseph Stammel que figuran la Muerte, el Juicio Final, el Infierno y el Paraíso. Se terminó en 1776. Llegó a contener 200.000 libros y entre ellos 530 incunables y 1.400 manuscritos. Sin embargo, la biblioteca funcional que más impacto me ha causado es la de Londres, construida en 1857. Es la que aparece en la portada de este libro escrito por Guillermo Díaz-Plaja.

Guillermo Díaz-Plaja (Manresa, 1909 - Barcelona, 1984)

Otra curiosidad bibliófila es la cantidad de hojas que un libro ha de albergar para ser tenido como tal. La UNESCO ha establecido la cifra a partir de 48 páginas. Todo impreso que contenga menos es un folleto, como ocurre con tantas publicaciones de poesía. El especialista Roger Escarpit (Saint Macaire, 1918 - Langon, 2000), que es entrevistado en el prólogo, constataba en 1974 un ligero retroceso de la literatura de ficción en favor de la meramente informativa. Viendo la plaga de novelas históricas, de intriga, amor, ciencia-ficción, suspense, fantasía, policiacas o de terror que inunda las librerías actuales, parece justificado que no fuera profeta y sí profesor.

Robert Escarpit (Saint-Macaire, 1918 - Langon, 2000)

domingo, 15 de febrero de 2009

Un libro entrometido


Éste es el filósofo que, junto con Nietzsche, tanto influyó en los escritores de la generación del 98. Sus ideas misóginas y su teoría sobre la voluntad como motor universal probablemente fueron leídas con provecho por Unamuno y Baroja. Casi todo lo que escribió sobre la mujer ha quedado anacrónico, pero no así lo que reflexiona sobre el amor o el matrimonio. Como no quiero ser diletante desviándome del asunto que me ocupa, lo mejor será presentarlo en su vertiente de casanova.
Arthur Schopenhauer fue hijo de una escritora, Johanna Trosiener, cuya obra completa ella misma se encargó de editar en 24 volúmenes. Tras quedar viuda, se mudó a la ciudad de Weimar en el año 1806 con su joven amante, Friedrich Müller von Gerstenbergk. El hijo jamás le perdonó que desatendiera a su padre enfermo, dejándolo al cuidado de un sirviente, cuando se hallaba moribundo para reunir en torno suyo a unos escritores: "Mi señora madre organizaba tertulias mientras él se consumía en su soledad, y ella se divertía mientras él soportaba amargos tormentos. ¡Hete aquí el amor de las mujeres!".
A este rencor manifiesto hacia su madre se le unieron diversos fracasos sentimentales. Su primer amor importante se dirigió hacia una actriz que terminó desdeñándolo para convertirse en concubina del duque Carlos Augusto. Su segunda relación fue más pedestre, con una camarera que le dio un hijo muerto al poco de nacer. La tercera mujer de su vida fue una cortesana célebre, Teresa Fuga, una mujer de mundo con la que vivió un tórrido romance en Venecia. La cuarta resultó ser una aristócrata inglesa que conoció en Florencia y le dejó una huella muy profunda. Era tuberculosa y la enfermedad hizo desaconsejable la aventura del matrimonio. La siguiente hizo el papel de consuelo para sus frustraciones. Se trataba de Caroline Richter Medon, una cantante de teatro. La sexta mujer de su trayectoria amorosa fue una joven de 17 años, Flora WeiB, en quien no pudo despertar interés por ser ya un anciano, aunque al padre de la muchacha no le pareciera mal la petición de mano al enterarse de la posición de nuestro filósofo. Intentó más tarde vivir con Caroline Medon en Fráncfort, a pesar de que ésta había tenido un hijo con otro galán seductor mientras era cortejada por Schopenhauer. Al pretender que dejara en Berlín al retoño (fruto de su traición) la aventura fracasó, pues ella prefirió quedarse al lado de su criatura y decirle adiós.
En Berlín también había mantenido amores con una costurera llamada Caroline Marquet, a la que agredió y después de un largo proceso judicial tuvo que pagar una renta vitalicia. Por último, desconocemos el nombre de la señorita que le dio otro hijo muerto apenas nacido. Sí sabemos que vivió un inesperado colofón a sus aventuras con una escultora, Elizabeth Ney, poco antes de morir.
Éstos son los trazos de una biografía libidinosa que podrían ayudar a entender la misoginia del filósofo alemán que escribía en solitario "cum ira et studio". Para comprenderlo siempre habrá que hacer un esfuerzo por aproximarse a la mentalidad imperante hace dos siglos. Aquí están algunas de sus observaciones más divertidas o valiosas:

Arthur Schopenhauer cuando era joven


"Las mujeres son el sexus sequior (el segundo sexo), inferior al masculino. (...) Rendirles veneración es sumamente ridículo y nos degrada ante sus ojos". (Página 34).


"La mujer, tras uno o dos partos, casi siempre pierde su belleza". (Página 36).


"Lo que hace a las mujeres tan apropiadas como nodrizas y educadoras de nuestra primera infancia es precisamente el hecho de ser ellas mismas pueriles, tontas y poco perspicaces; en una palabra, permanecen toda su vida como niñas grandes". (Página 36).


"Estamos influenciados por la galantería francesa de viejo cuño y nuestra insulsa veneración hacia las mujeres, punto culminante de la estulticia cristiano-germánica cuyo único resultado ha sido hacerlas tan arrogantes y desconsideradas que a veces le recuerdan a uno los monos sagrados de Benarés, los cuales, conscientes de su santidad e intangibilidad, se sienten con derecho a todo". (Página 38).


"El defecto fundamental del carácter femenino es la injusticia (...) por el hecho de que la naturaleza las obliga a depender más de la astucia que de la fuerza". (Página 48).


"La mujer, al igual que el calamar en su tinta, se esconde tras el disimulo y nada en la mentira". (Página 49).


"Todas las mujeres son proclives al despilfarro". (Idea que toma de Menandro: "Todas las mujeres son derrochadoras por naturaleza"). (Página 50).


"Las mujeres siempre creen en el fondo de su corazón que la misión del hombre es ganar dinero, mientras que la suya es gastarlo". (Página 50).




"El amor es como la fe: no se puede obtener por la fuerza". (Página 63).


"La fascinación vertiginosa que se apodera de un hombre cuando éste contempla a una mujer cuya belleza admira, haciéndole creer que el bien supremo consiste en unirse a ella, no es sino el propósito de la especie, que quiere perpetuarse por este medio". (Página 71).


"El deseo sexual (...) aunque promete una cantidad indecible, infinita y desmedida de cosas, es miserablemente poco lo que cumple". (Página 72).

"La virginidad es hermosa no porque sea una forma de abstinencia, sino porque es una forma de prudencia". (Página 76).


"Contraer matrimonio significa para el hombre dividir por la mitad sus derechos y multiplicar por dos sus obligaciones". (Página 81).


"El mero hecho de casarse es como meter la mano en un saco con los ojos vendados y pretender sacar la única anguila entre un montón de serpientes". (Página 82).


Arthur Schopenhauer (Danzig, 1788 - Fráncfort del Meno, 1860)


Lápida de su tumba en Fráncfort del Meno

viernes, 13 de febrero de 2009

El guardameta más espectacular de la historia


Opinar sobre quién ha sido el mejor portero de todos los tiempos es difícil. Yo no vi jugar a Zamora, que defendió los colores del Barça; ni a Platko, que además de ser culé fue cantado por Rafael Alberti. Pero creo que he visto bastantes para elegir a uno. Y me quedo con Vítor Baía. No me importa que hubiera partidos en que, hasta donde yo sé, encajara cuatro goles. No me importa que hubiera veces en que se equivocaba. Era humano, no un robot. Lo que cuenta era el prodigio de sus estiradas, la rapidez de sus reflejos y la espectacularidad de sus palomitas en el aire. Ha habido porteros más felinos que él, como Daniel Carnevali; más intimidantes y seguros, como Andoni Zubizarreta; más equilibrados y completos, como José Ángel Iríbar o Luis Miguel Arconada. La cuestión no está ahí. Lo que importa es la magia. Y Vítor Baía se sacaba de la manga espejismos de paradas imposibles. Transmitía algo más que seguridad a sus defensas, aportaba la sensación de que éstos tuvieran detrás una especie de aura intraspasable. Para mí verlo jugar era una fiesta. Y encima tenía delante a una defensa irrepetible de lo buena que era. Sólo mencionar sus nombres ya es disfrutar del fútbol, y eso que su misión no era primordialmente atacante, aunque subían arriba a la menor oportunidad. Me estoy refiriendo a Laurent Blanc, Fernando Couto, Gheorghe Popescu, Abelardo, Nadal, Ferrer y Sergi Barjuán, por mencionar algunos de los que fueron sus compañeros en la zaga del Barça.Ganó cinco ligas en Portugal, una Copa de la UEFA y una Copa Intercontinental militando en las filas del Oporto. Además, mantiene todavía el récord de imbatibilidad en aquel país con 1.191 minutos sin saber lo que es recoger un balón desde el fondo de la red de su portería. Con el F.C. Barcelona alzó una Recopa de Europa y una Copa del Rey, y eso que estuvo activo apenas una temporada entera porque las lesiones en sus rodillas no le permitieron rendir más. Disputó 80 partidos con la selección portuguesa, llegando a cuartos de final en la Eurocopa del año 1996 disputada en Inglaterra y a semifinales en la Eurocopa del año 2000 celebrada en Holanda y Bélgica.
Vítor Baía es en realidad un símbolo para la ciudad de Oporto, pues nació muy cerca, en Sao Pedro da Afurada, y fue allí donde debutó con 19 años y se retiró con 37. Eso es indiscutible. Ahora bien, su paso por el Barça fue como una ráfaga de aire puro, como un soplo del céfiro que pintara Botticelli en El nacimiento de Venus, como un rayo de oro que traspasó los corazones de los aficionados azulgranas que vimos en él a una figura legendaria distinta al resto de los mortales, a un arquero que mereció obtener la posteridad celebrado por el poeta griego Píndaro, porque con sus 1'86 metros de altura y su agilidad era más un atleta olímpico que un simple futbolista. En efecto, Vítor Baía habita desde su retirada en el Olimpo de los Dioses del Balón, donde fue a instalarse tras desembarcar en el atlántico Oporto e irse después a otro puerto mediterráneo, el de Barcelona, justo en el cénit de su capacidad y su gloria.


Vítor Baía estirándose en una de sus paradas impecables


Vítor Baía colocando la barrera de su línea defensiva que era una muralla férrea


Vítor Baía, el bastión inexpugnable


Vítor Baía alzando los brazos triunfante


Vítor Baía besando la Recopa de Europa ganada con el Barça frente al París Saint Germain en Rotterdam


Fernando Couto, Ronaldo el joven, Vítor Baía y Judas Figariote


Bobby Robson, Fernando Couto, "Gica" Popescu y Vítor Baía celebrando la IV Recopa del Barça en 1997

jueves, 12 de febrero de 2009

El refulgente esplendor de la belleza


El tigre, símbolo de belleza en la pintura de Dalí y en los sueños de Borges


Charlize Theron (Benoni, Sudáfrica, 1975)


Charles Robert Redford (Santa Mónica, California, 1937)


La belleza es un resplandor contra la muerte. Una descarga de intensidad lumínica contra las pesadumbres, las miserias, la enfermedad, el dolor y la pérdida. Se ha escrito mucho sobre los componentes que la dibujan, sobre la necesidad de un alto grado de simetría en un rostro por su valor como señal indicadora de transmisión de genes fuertes, aptos para la reproducción sexual y, por lo tanto, para la formación de nuevos seres. De ahí el atractivo sexual que la belleza provoca.


Doutzen Kroes (Oostermeer, Holanda, 1985)


Los gatos siempre son hermosos

Alain Delon (Sceaux, Francia, 1935)


La hermosura es sobre todo un consuelo contra la fealdad de la vida. Abre puertas a quien la posee. Se han hecho pruebas estadísticas cuyos resultados tienden a confirmar que una persona guapa vende un determinado producto mejor que una fea. La gente confía más cuando es atendida por una persona atractiva en el momento de decidirse a comprar una mercancía. Es como si el objeto se impregnase de las cualidades corpóreas de quien nos lo ofrece. Los publicistas lo saben y por eso recurren a primorosos modelos que exceden la grisácea mediocridad que es la norma.

Renée Toft Simonsen (Aarhus, Dinamarca, 1965)

Un perro hermoso: el Boxer

Brad Pitt (Shawnee, Oklahoma, 1963)

La belleza es un insulto a la muerte, una celebración de la vida que por su propia naturaleza resulta breve. Ni qué decir tiene quién vencerá en esta lucha desigual entre la belleza y la muerte. La Parca cobrará su tributo y se alzará con la victoria antes incluso de que la persona agraciada fallezca. El envejecimiento hará su permanente labor de zapa silenciosa. Por eso es que debemos admirar tanto ese momento prodigioso en que las virtudes estéticas de alguien resplandecen. Porque son singulares y fugaces. Y ojalá que fueran un reflejo platónico de una beldad absoluta, es decir, de una divinidad todopoderosa. Ojalá que significaran un pequeño espejo en el que estuvieran mirándose los dioses. Ojalá que a las personas preciosas las respetáramos y considerásemos dignas de admiración por ser divinas criaturas.


Drew Blyth Barrymore (Culver City, California, 1975)


Paul Newman (Ohio, 1925 - Connecticut, 2008)

miércoles, 11 de febrero de 2009

Un libro barojiano y marxista


El escritor canario Lorenzo Doreste Suárez acaba de presentar una recopilación de artículos de opinión en el Gabinete Literario junto a la plaza de Cairasco. Le ha salido un libro en el que la principal cualidad es su estilo, tierno y divagatorio, al modo de Baroja. Hacia el final, quizás por influjo de su actividad docente, instruye sobre nociones básicas del marxismo. Al menos demuestra haber leído a Karl Marx, y no le ocurre como a tantos izquierdistas a la violeta que jamás leyeron El Capital, su obra decisiva.
Es ameno, interesante y anecdótico. Su ternura a veces incurre en la más infantil de las ingenuidades, como cuando propone un palomar de cinco estrellas para que las palomas de la plaza de Santa Ana no se posen ni empañen con sus detritos la fachada de la catedral. Cree con esta peregrina propuesta lograr evitarlo, pero lo cierto es que estas aves utilizarían ambos aposentos por igual. Otra inocencia en la que cae nos la da cuando ataca al consumismo. Si de veras siguiéramos esa directriz, la sociedad de la abundancia se vendría abajo y viviríamos como monjes tibetanos. Digamos que no es el camino de la prosperidad, sino el del crack económico lo que propone. Precisamente los países se empobrecen cuando no encuentran compradores para lo que producen.
Como moralista utópico cree que el verdadero socialismo no fue el soviético ni el felipista, pero debería pararse a considerar que entonces ese socialismo con el que se identifica es una especie de paraíso irrealizable, un dogma religioso que no se puede concretar. Es una manera de decirnos que aunque los demás se hayan manchado de sangre las manos, él sigue virgen con su himen inmaculado. Comparte también la curiosa preocupación barojiana por los marginados sociales. Verdaderamente, nuestro autor es una bella persona y muy buen prosista. Sabe escribir con sentido del agrado y del ritmo narrativo. Además es singular, sobre todo por sus ocurrencias, que en algunos casos podrían sonar a disparate, como cuando propone una tarjeta magnética para que cada ciudadano la introduzca en un cajero y averigüe o controle el gasto de los presupuestos públicos por parte de los políticos. Con ideas así uno tiene la impresión de que Lorenzo Doreste como artista es tan auténtico como el niño que todos llevamos dentro y se negó a seguir creciendo.
Es un optimista. Cree en las bibliotecas públicas y los museos didácticos, aunque yo veo que las primeras están desoladas y mal utilizadas y los segundos enfocados a las visitas turísticas. Pero no es un cretino ni cierra los ojos a la realidad, por eso nos cuenta de una pobre chica a la que le concedieron una beca y los familiares la acosaron enseguida pidiéndole dinero. Dedica un artículo entero a don Pío Baroja, con lo cual confirma que lo aprecia y transita hasta el punto de contagiarse por completo, lo que me parece maravilloso por cuanto resulta una delicia leer al viejo gruñón donostiarra. Lo mejor de Doreste no es sólo la empatía que logra con el lector a fuerza de reflexiones simpáticas sobre asuntos cercanos a nuestras inquietudes cotidianas y a nuestros tiempos, es también lo que se esfuerza por enseñarnos. He aquí algunas de sus pinceladas formativas:


"La mentira hace que perdamos la confianza unos en otros y se degraden las relaciones sociales". (Página 75).


"¿Qué te pasa tierra mía, que no explotan tus volcanes para destrozar los planes de toda la oligarquía?". (Página 81).


"Lo que ocurre es que el ser humano es muy soberbio, muy narcisista". (Página 82).


"El Estado español, que tanto se lamenta del terrorismo vasco, vende armas a Marruecos para que masacre a los saharauis; a Indonesia, para que masacre a los timorenses orientales; y a Turquía, para que masacre a los kurdos". (Página 91).


"El trabajo no se reparte en una sociedad de acuerdo con las capacidades individuales, sino, por el contrario, en ventaja de los fuertes y los insidiosos, y en desventaja de los débiles y los honestos". (Página 96).


"Marx tenía toda la razón cuando afirmó que el trabajador que no puede programar su propio trabajo es un esclavo". (Página 98).


"Para Marx el supremo fetiche es la mercancía. A medida que se valoriza el mundo de las cosas, se desvaloriza de forma directamente proporcional el mundo de los seres humanos". (Página 99).


"En cada época, la clase que dispone de los medios para la producción material dispone también , por ello mismo, de los medios para la producción espiritual". (Página 102).


"Los trabajadores no se proponen emanciparse, propugnando la unión de capital con trabajo, sino que sueñan en convertirse ellos en capitalistas por un golpe de suerte. Tienen mentalidad hollywoodense, propia de la clase dominante. Carecen de autoestima y de solidaridad de clase". (Página 102).


"Los móviles de las críticas no son el deseo del bien, sino el de humillar al criticado porque se le considera un rival o un incordio en algún aspecto o circunstancia". (Página 129).


"Quien a sí mismo se alaba, en su propio mérito se caga", (viejo refrán). (Página 137).


En suma, se trata de un libro para el que merece la pena el escaso tiempo que cuesta leerlo.

Karl Heinrich Marx (Tréveris, 1818 - Londres, 1883)