viernes, 17 de marzo de 2017

El poeta que unió el Caribe con el Mediterráneo

 
Derek Alton Walcott
(Santa Lucía, 23 de enero de 1930 - 17 de marzo de 2017)
Poeta, dramaturgo y artista visual
 
SARGAZOS
 
Esa vela que descansa en la luz,
hastiada de las islas,
una goleta que surca el Caribe
en dirección al hogar, podría ser Odiseo,
camino a casa en el mar griego.

Aquel ansia de padre y esposo
bajo las arrugadas uvas agrias
es como aquél adultero que escucha
el nombre de Náusica
en el grito de cada gaviota.
 
Esto no tranquiliza a nadie.
La vieja batalla
entre la obsesión y la responsabilidad
no terminará nunca
y ha sido la misma
tanto para el navegante
como para el que se retuerce
allá en la orilla sobre sus sandalias
al encaminar sus pasos hacia el hogar
desde que Troya suspiró su última llama
y la roca del gigante ciego sacó la batea
de cuyo pozo surgen los grandes hexámetros
que terminan en marejadas exhaustas.
 
Los clásicos pueden consolar.
Más no lo suficiente.

 
 
"Caballo de Troya"
(1570)
Giuseppe Arcimboldo
(Milán, 1527 - 1593)
 
PLENO VERANO
 
Hoy respeto la estructura,
la antítesis del ingenio.
La sobretrabajada inmundicia
de mis pinturas.
¡Mis líneas deficientes!
 
Mas cuando el aire está vacío,
no dejo de escuchar la conversación
de los actores, el eco de aquello
que es ordinario y sabio a la vez.
 
Los espectros se multiplican
con el tiempo, la cabeza abarrotada
rebasa de personajes inquietos,
los oídos están firmemente clausurados.
Detrás escucho el murmullo
y el alboroto de los actores.
El escenario iluminado está vacío,
el estudio a punto, y yo no puedo
encontrar la llave para dejarlos salir.
 
¡Oh, Cristo! ¡Cuánto demora mi oficio!
A veces es posible ver el destello,
cual súbito alborozo de relámpagos
poniendo a la tierra en su lugar.
La piel del asfalto huele a infancia fresca
en la lluvia que se evapora.
Entonces creo que aún es posible
la alegría de la verdad, y el poeta joven
que se yergue en el espejo
sonríe con aprobación.
Se ve hermoso desde este lugar.
Y espero ser lo que él vio:
una ruina perdurable.
 
 
Derek Walcott obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1992
 
EN LOS OTROS OCHENTA,
CIEN VERANOS QUE MARCHARON...

En los otros ochenta,
cien veranos que marcharon
como la luz de un paraíso doméstico,
la idea del cielo de un hedonista
era el aparador de una cocina francesa,
manzanas y garrafas de arcilla
de Chardin a los impresionistas.
 
El arte era une tranche de vie,
queso o pan horneado en casa.
La luz, en su opinión,
era lo mejor que el tiempo ofrecía.
El ojo era la única verdad
y aquello que atraviesa la retina
se desvanece al amanecer.
 
La profundidad de nature morte
era que la propia muerte
es sólo otra superficie como el lienzo,
pues pintar no puede
capturar el pensamiento.

Cien veranos que se fueron
con el acordeón que hace olas,
faldas almohadilladas, grupos en botes,
golpes blancos como zinc en el agua,
muchachas cuyas mejillas ruborizadas
no sobrevivieron a sus rosas.

Entonces, como tubos desecados,
los soldados retorcidos se amontonaron
en el Somme y Verdún.
Y los muertos menos reales
que una explosión fatal de crisantemos,
idéntico carmesí para la naturaleza muerta
y la matanza de jóvenes.
 
Tenían razón. Todo le vale al pintor
con su caballete puesto
como un fusil en los hombros.

 
 
Casco y fusil cerca de las alambradas y trincheras en Verdún
 
NEGACIONES
 
Un recorte de diario, la invasión en Biafra:
negros cadáveres envueltos en luz solar
tendidos en el brillo blanco
que entra en...
"¿cómo-es-que-se-llama la ciudad principal?"   

Alguien que es blanco ilumina
las noticias detrás de la noticia.
Quizá sus ojos brillan de lástima:
"Los ibos, sabe usted, son como los judíos,
bastante similar a la situación
en la Alemania de Hitler, me refiero
al resentimiento de los hausas".
Yo trato de entender.
Nunca te conocí. Cristopher Okigbo,
sólo logré verte
cuando un actor
gritó: "¡Las Tribus! ¡Las Tribus!"
Columbro esos rostros ardientes
e incendiados de los ibos,
esos tartamudeantes prisioneros
de ojos saltones a merced
de un consejo de guerra
celebrado en el campo de batalla.
 
Las sombras con cascos de soldados
podrían haber sido blancas
y tuyo uno de esos cuerpos
acariciados por el sol sobre el camino blanco
entrando en escena... ¡Las tribus, las tribus!
Su vergüenza, ¡Cristo!, esa ciudad principal,
¿cuál será su nombre?
 
 
Soldados nigerianos en la guerra civil contra Biafra que pretendía la independencia de Nigeria y acabó siendo derrotada (1967 - 1970)
 
DESENLACE
 
Yo vivo solo
al borde del agua. Sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:
una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo.
No elegimos estas cosas.
más somos lo que hemos hecho.
     
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso,
pero no nuestra necesidad
de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris.
 
Ahora, ya no le pido nada
a la poesía sino buenos sentimientos:
ni misericordia, ni fama, ni curación.
 
Mujer silenciosa,
podemos sentarnos
a mirar las aguas grises,
y en una vida inundada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.
 
Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento.
Eso será más grande y más difícil
que lo que pasa por ser la vida.
 
 
Playa de la isla de Santa Lucía en el mar Caribe
 
EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR

El tiempo vendrá cuando,
con gran alegría, tú saludarás
al tú mismo que llega a tu puerta,
en tu espejo, y cada uno sonreirá
a la bienvenida del otro y dirá:
"Siéntate aquí. Come".
Seguirás amando al extraño
que fue tú mismo.

Ofrece vino. Ofrece pan.
Devuelve tu amor a ti mismo,
al extraño que te amó toda tu vida,
a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
  
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.


 
  

 CAÑAVERAL MARINO
 
La mitad de mis amigos ha muerto.
—Te haré unos nuevos —dijo la tierra.
—¡No! —grité. Devuélvemelos
tal como eran, con sus fallas y todo.
 
Esta noche puedo arrebatar su conversación
a la pálida resaca monótona
entre los cañaverales,
pero no puedo caminar
sobre las hojas marinas
iluminadas por la luna
solo, por ese camino albo,
o flotar en el estado de sueño
en que las lechuzas abandonan
la carga del mundo.

¡Oh, tierra! El número de amigos
que tú guardas excede en mucho
al de aquellos que quedan por amar.
 
Los cañaverales marinos
al borde del acantilado despiden
un fulgor verde y plata.
Eran ellos las lanzas seráficas de mi fe,
pero de aquello que se ha perdido
nace algo aún más fuerte
que posee el brillo racional de la piedra,
que resiste el claro de luna,
más allá de la desesperación,
tan fuerte como el viento
que nos apersona a aquellos que amamos
por entre los cañaverales divisores,
tal como eran,  con fallas y todo,
no perfectos, simplemente así.
 
 
 
VOLCÁN
 
Joyce temía el trueno,
mas durante su funeral
los leones del zoológico
de Zúrich rugieron
¿Fue en Zúrich o en Trieste?

No importa. Son leyendas, así como
es leyenda la muerte de Joyce
o el rumor obsesivo de que Conrad
ha muerto, y Victoria es irónica.

Desde esta casa en el acantilado
sobre la franja del horizonte nocturno
es posible ver el resplandor
de dos grúas, a lo lejos, en el mar,
hasta la hora del amanecer.
Es como el resplandor del cigarro
y el resplandor del volcán
al final de Victoria.

Uno podría abandonar la escritura
por esas señas de los grandes
que lentas se consumen y ser, en cambio,
su lector ideal, meditativo y voraz,
haciendo que el amor
por las obras maestras
sea superior al intento
de repetirlas o mejorarlas
y ser así el mejor lector del mundo.

Por lo menos eso necesita del asombro
que se ha perdido en nuestro tiempo.
 
Tanta gente lo ha visto todo,
tanta gente es capaz de predecir.
Tanta, que se niega a aceptar el silencio
de la victoria, el desinterés
que arde en la médula.
 
Tantos no son más que
ceniza erguida cual cigarro,
tantos dan al trueno por hecho.

¡Cuán común es el relámpago,
qué perdidos están los leviatanes
que ya ni siquiera buscamos!

Había gigantes en aquel entonces.
En aquel entonces se liaban buenos cigarros.
Debo leer con más cuidado.
 
(Poemas escritos por Derek Walcott)
 


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